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Junio en nuestra cartelera



El cine como espejo de esa tragicomedia que somos, nos ha brindado diversas aproximaciones a lo que puede considerarse el apocalipsis, bien sea presente o futuro, real o imaginado; registros documentales o ficticios, en todo caso, de nuestro efímero trasegar por la vida. El fin del mundo no se limita a la desaparición de la raza humana o del planeta, la que por inmediatez podría deberse a una asonada nuclear, por ejemplo, situación planteada en el falso documental “The War Game” (1965), que le valiera el Óscar a Mejor Documental –a pesar de ser una ficción– al visionario realizador británico Peter Watkins. Con una exhibición en la TV censurada en su momento por la misma BBC tras haberla producido para evitar pánico generalizado en Gran Bretaña, la película tiene como nódulo temático el acceso a la información de temas capitales vetados a la ciudadanía por los gobiernos. 

El fin del mundo incubado por la guerra también fue previsto por Werner Herzog durante el reconocimiento de campo que hizo en Kuwait tras la retirada de las tropas de Hussein en “Lessons of Darkness” (1992). Allí, el desierto tapizado de pozos petroleros ardiendo durante semanas y revistiendo el cielo de turbulencia mientras ríos de petróleo desembocaban en el mar –entre otras estampas del infierno en la tierra– configuró un paisaje donde uno de los más funestos cataclismos fue aprehendido por un lente, en este caso, de un maestro del cine documental. 




El fin trágico sugerido a partir de una hecatombe natural propiciada por el hombre, sus implicaciones bélicas y degradación colateral de la población, es referido por uno de los ejemplos más contundentes del cine de denuncia en “La pesadilla de Darwin” (2004) de Hubert Sauper, documental enfocado en la ribera tanzana del Lago Victoria –mentada cuna de la humanidad– donde en los 60 fuese inoculado artificialmente por el hombre el pez depredador Perca del Nilo. Esta especie, reproducida exponencialmente en detrimento de la fauna lacustre, devino en fuente de ingresos de un pueblo famélico empujado a pescar toneladas para su inmediata exportación –mas no para su consumo–, recibiendo como contraprestación –sin pedirlo ni saberlo– toneladas de armas para alimentar las guerras fratricidas de África en una de las operaciones más siniestras del libre mercado de las que se tenga registro.


El fin del mundo ha estado cifrado muchas de las veces por la ciencia. Temerarios avances tecnológicos surgidos del género sci-fi escaparon del encuadre –así como se han desmarcado de las hojas de la literatura– para instalarse en nuestra porosa realidad. La clonación de humanos atraviesa todo el desarrollo de “4 (Cuatro)” (2004) del ruso Ilya Khrzanovskiy, en una historia donde los personajes no miden los alcances de vivir en una zona –acaso un país– delimitada por el patriarcado del machismo y la conjura. En un mundo brumoso capturado en fílmico, conviven el más inhóspito medioevo eslavo de comarcas donde aún se practica el aquelarre, y una modernidad de bares taciturnos y de poderío militar que ha roto para siempre el balance genético de una especie en franco declive. 


En el cuadrante opuesto de una imaginada guerra fría en el cine de ciencia ficción, el virtuoso realizador estadunidense Shane Carruth (“Upstream Color”) acomete con su ópera prima “Primer” (2004) el supuesto muy probable de poder trasladarse al pasado. La manipulación de la cuarta dimensión supone un cimbronazo en la medida en que el presente se puede cambiar desde la alteración de situaciones que deberían permanecer congeladas en el tiempo. Tangencial pero evidente bajo capas de lectura, esta sola posibilidad implica consecuencias de profundo calado donde un mal paso pondría en riesgo el discurrir humano.


Inspirándose en el Ragnarök, etapa pre-apocalíptica mencionada en el poema germánico “Volüspá”, donde todo valor humano colapsa dando paso a la destrucción y la barbarie, el director Michael Haneke (“Funny Games”, “Amour”) perfila en “El tiempo del lobo” (2002) un portentoso drama detonado por la huida al campo de una familia que busca evadir el cataclismo que ha se ha instaurado en la ciudad. ¿Cómo proceder cuando el fin del mundo inicia en las inmediaciones? Esta premisa sirve como pivote de una historia que busca reflejar a partir del núcleo familiar las nulas posibilidades que tenemos como raza de evadir nuestro fin. 


Cuando se supera el miedo viene la entereza. ¿Cómo proceder cuando el fin del mundo es ahora, cuando los artífices de la debacle somos nosotros mismos? Los personajes de “Navajazo” (2014) digresión etnográfica urdida por el sociólogo-cineasta Ricardo Silva, asumen la malaventura como condición del apocalipsis diario que ofrece una Tijuana subterránea e inadvertida. De sofisticada ética y temeraria realización, más que un documental de denuncia, estamos ante una elegía de la supervivencia, un acto de cálida rebeldía a cargo de personajes a todas luces sobrevivientes incólumes de un apocalipsis cotidiano, a veces imaginado por ellos mismos. 


La programación de cine de junio en el MAMM ofrece una retrospectiva del trabajo del director Xavier Dolan. Revelación temprana de talento donde ha construido una filmografía cuya principal cantera de inspiración ha sido hasta la fecha su vida propia, su relación con sus padres y la construcción de una sexualidad en contravía de toda inercia. A los 19 años ya dirigía su ópera prima “Yo maté a mi madre” (2009), drama biográfico sobre un joven homosexual y su madre, con quien mantiene una relación basada en la confrontación. Aquí, Dolan exponía tempranamente su virtuosismo con los diálogos, la exacerbación del drama y una intención formal acorde con la historia. Además de dirigir, en su segunda película, “Los amores imaginarios” (2010), Dolan interpretó uno de los protagónicos en una historia de tres amigos íntimos que se ven involucrados en un triángulo amoroso. Dolan plantea un juego de conquistas en el que los personajes se valen del engaño y las contradicciones para salir avante, una película sobre el enamoramiento y la representatividad del ser amado en la que la Dolan se manifiesta como un director muy ágil con la utilización de la música. Su tercer largometraje, “Laurence Anyways” (2012), fue creado como una ambiciosa epopeya sobre la sexualidad que cuenta la historia de Laurence, un profesor de literatura con un trabajo estable y una sólida relación con su novia que un día decide contarle a sus amigos y familia sus planes para cambiarse de sexo. 

Rebosante de expresividad, la madurez creativa de Dolan se refleja en el manejo del lenguaje, en la conjunción de sonidos, música, encuadres, montaje y color. Con “Tom en el granero” (2014), adaptación de la obra de teatro queer noir homónima de Michel Marc Bouchard, Dolan cierra una trilogía completada por sus dos películas previas y que versa sobre el amor no correspondido. Aquí, sumido en la angustia tras la pérdida de su novio en un accidente, Tom (interpretado por Dolan) viaja a Montreal donde se entera que su suegra y su yerno no sabían de la homosexualidad de su pareja. El yerno ve una amenaza y decide que su madre jamás debe enterarse. Si “Yo maté a mi madre” se centra en una crisis de adolescencia, “Mommy” (2014), trata de una crisis existencial en el marco de una relación conflictiva madre-hijo. En una Canadá ficticia, una mujer viuda intenta educar a su hijo que padece trastorno por déficit de atención e hiperquinesia. En el proceso, una vecina misteriosa ofrece su ayuda reconfortante y termina por marcar sus vidas. Con decisiones formales alejadas de la convención, como la implementación del cuadro con proporciones 1.33, Dolan logra un sugerente trabajo que hallaría aún más madurez en su último largometraje a la fecha, “Solo el fin del mundo” (2016), atmosférico drama familiar en 35mm sobre la imposibilidad de conectar con los seres queridos ante la inminencia del destino. El vibrar íntimo de una suerte de hijo pródigo que regresa al hogar a entregar una terrible noticia, y quien se enfrenta a un retorno imprevisto. 


La oferta de cine colombiano en el MAMM para junio integra dos películas en estreno con propuestas distintas en términos de historia, lenguaje e intención formal. “Una mujer” (2016) de Camilo Medina y Daniel Paeres, es un drama erótico localizado en la Bogotá contemporánea que aborda conflictos del mundo femenino ligados a la sexualidad a partir de una visión masculina del mundo. El resultado permite lecturas disímiles que van desde una crítica al sexismo ejercido por las mujeres en nuestras sociedades latinoamericanas, hasta la configuración de una imagen controversial de la mujer en medio de personajes masculinos que por momentos parecen más urgidos de una búsqueda existencial que la misma protagonista, quien busca recuperar un amor del pasado con frenesí y sin escrúpulos, una búsqueda en la que el fin justifica los medios.


“Sin mover los labios” (2015) de Carlos Osuna (“Gordo, calvo y bajito”) echa mano de un tono fársico y delirante para contar la historia de Carlos, un ventrílocuo que pasa su tiempo libre viendo telenovelas en compañía de su madre y su novia. En las noches va al bar de su mejor amigo donde se guarece en la cocaína y en prostitutas. Su madre muere y Carlos intenta deshacerse de su pasado, pero se perderá a sí mismo en un delirio surreal que lo llevará a convertirse en un hombre pollo. Sin duda una película muy particular que podrá no ser del gusto general pero que no dejará indiferente a nadie. 


Con la intención de recuperar películas con poca difusión o vedadas para las nuevas generaciones, “Apaporis, secretos de la selva” (2012) de Antonio Dorado, regresa como un diario de viaje por la selva amazónica colombiana siguiendo los pasos del etnobotánico Richard Evans Schultes, desde Mitú hasta el río Apaporis, documentando el conocimiento indígena y revelando mitos y secretos milenarios para revivir los muertos. Narrado en parte por el alumno de Schultes, Wade Davis, este documental cuestiona la desaparición de lenguas y conocimientos ancestrales. 


La cartelera de junio se complementa con tres estrenos de la cartelera comercial: “The Handmaiden (La doncella)” (2016) de Chan-wook Park (“Old Boy”, “Lady Vengeance”). Inspirada en la novela “Fingersmith” de Sarah Water, este genial thriller de estafas y giros dramáticos situado en Corea de 1930 cuenta la historia de Lady Hideko, una joven heredera japonesa que vive en un lugar aislado bajo la influencia de un tirano, y una mujer que es contratada para servir como su nueva doncella. Una película sobre el placer y el éxtasis, cine industrial que combina exitosamente entretenimiento con una propuesta artística y un sello personal del director. 


Filmada en Colombia en el Parque Tayrona y en Irlanda del Norte, “Z la ciudad perdida” (2017) de James Gray (“We Own the Night”, “The Immigrant”) narra el intento por encontrar la ciudad perdida de El Dorado a cargo del explorador británico Percy Fawcett en 1925. James Gray combina magistralmente el cine clásico de aventuras con la descripción poética para armar un relato que honra el espíritu del riesgo físico, la curiosidad intelectual y el auto-sacrificio requeridos para explorar lo desconocido. Un clásico contemporáneo del género de aventuras. 


Y “Días sin llamado” (2015) de Zoe Cassavetes (hija del legendario director John Cassavetes y su esposa y diva de su cine, Gena Rowlands), es una ligera comedia de enredos en la que Mia Roarke, una reconocida actriz de su época, lucha por mantener la cordura y la dignidad en Hollywood. Su momento de fama ha pasado ya, y a sus 40 años lucha por volver a ser lo que era antes. Una serie de eventos extraños y humillantes le dan la oportunidad de ser nuevamente el centro de atención, pero el costo puede ser muy alto. Estreno exclusivo en Medellín en el MAMM. 

 



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