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Imagen de la exposición Enjambre
Exposiciones Sonoras

Félix Blume. Enjambre

Enjambre invita al público a sumergirse en una experiencia de escucha radical: 250 pequeños altavoces suspendidos desde el techo reproducen el sonido individual de abejas en pleno vuelo. Al entrar en la sala, el sonido se percibe como un murmullo homogéneo, una masa vibrante que evoca la potencia colectiva de un enjambre. Pero al caminar entre los altavoces, la experiencia se transforma: emerge la voz singular de cada abeja, con su vuelo errático, su respiración, su presencia íntima e irreductible. 

Curaduría: Jorge Barco

Location Lab 3 Calendar Desde 10 de septiembre 2026

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Visítanos de martes a viernes: 11:00 a.m. a 7:00 p.m. o sábado, domingo y festivos: 11:00 a.m. a 6:00 p.m.

Artista: Félix Blume

Enjambre invita a ejercer la escucha a través de una de las criaturas más pequeñas y a la vez  más determinantes para la vida en la Tierra: la abeja.

Una colmena no tiene un centro de mando. No hay una abeja que decida por las demás, el enjambre se mueve, se organiza, sobrevive y prospera como si fuera un solo cuerpo. Las abejas se comunican principalmente a través de vibraciones y logran así una coordinación colectiva sin jerarquía. Existe incluso una hipótesis que desplaza el lugar del individuo: quizás el verdadero organismo no sea la abeja, sino el enjambre en su conjunto, y cada abeja funcione como una célula de ese cuerpo.

El sonido producido por las abejas tiene su origen en un fenómeno aerodinámico complejo. Para un oyente casual, este zumbido puede percibirse como un simple rumor ambiental, pero en el contexto biológico constituye un canal de comunicación activo dentro de la colonia. A través de estas señales sonoras, las abejas coordinan tareas, transmiten alertas y regulan su organización social.

Durante el proceso de grabación de esta obra, Félix Blume (Francia, 1984) y su equipo observaron algo que parecía confirmar esa idea: los estados de ánimo de las abejas se contagiaban. Si una abeja se tomaba su tiempo, tranquilamente, para alimentarse antes de emprender el vuelo, la siguiente solía repetir ese mismo comportamiento. Si una estaba inquieta, la inquietud se propagaba. Un humor compartido, una inteligencia colectiva.

Pensar con las abejas es, entonces, pensar en otras formas posibles de organización social: cooperativas, sensibles al estado del colectivo, donde la fortaleza no depende de un liderazgo centralizado sino de la calidad de los vínculos entre las partes. En un momento en que las instituciones -políticas, económicas, ecológicas-  muestran fatiga y fractura, la colmena ofrece un modelo alterno: uno donde la supervivencia del todo depende del cuidado de cada una de sus partes, y donde ninguna voz individual se pierde dentro de la masa.

El arte sonoro es ante todo relacional y temporal:  exige presencia. A diferencia de la imagen, que puede consumirse de un vistazo, el sonido obliga a permanecer, a dejar que algo suceda en nosotros mientras dura. Por eso el arte sonoro es, en sí mismo, una pedagogía de la escucha: entrena una atención que después puede extenderse a otros territorios de la vida; al vecino, al río, al bosque, a quienes no tienen voz política pero sí presencia sonora.

Félix Blume ha dedicado buena parte de su práctica artística a este ejercicio: dar voz a lo que normalmente se diluye en la masa el canto de un grillo, los pasos de una tortuga, el murmullo de una multitud humana  y devolverle su singularidad. En Enjambre, ese gesto alcanza una precisión extraordinaria: cada uno de los sonidos de las 250 abejas que componen la pieza tiene su propia voz. Escucharlas una por una es un acto de reconocimiento: reconocer que detrás de cada zumbido colectivo hay una vida particular, irreductible, con su propio ritmo de existir.

En el Lab3 del MAMM, 250 pequeños altavoces suspendidos del techo reproducen, cada uno, el sonido individual de una abeja volando. Al ingresar a la sala, el visitante percibe primero un murmullo homogéneo: una masa sonora vibrante que evoca la fuerza colectiva, ese zumbido reconocible que asociamos instintivamente con la colmena. Pero basta con caminar entre los altavoces para que la experiencia se transforme por completo. La masa se disgrega. Emerge el sonido singular de cada abeja. El visitante deja de escuchar «un enjambre» para escuchar, una por una, a sus habitantes. Es una experiencia de escala: del todo a la parte y de vuelta al todo.

Lo que hace a esta pieza técnicamente extraordinaria es también lo que la vuelve conceptualmente profunda: Blume no recurrió a sonidos de archivo ni a síntesis digital. Junto al apicultor Dominique Hardouin, construyó desde cero un estudio de grabación pensado exclusivamente para abejas:una caja del tamaño de una colmena, acústicamente aislada, con flores, agua y miel para atraer a los insectos, así como un sistema de válvulas que permitía el ingreso de una sola abeja a la vez frente a un micrófono de alta sensibilidad. De los más de 600 vuelos registrados, se seleccionaron 250 grabaciones lo suficientemente limpias y extensas para conformar esta obra.

Enjambre es un recordatorio sensible de que los grandes fenómenos colectivos, humanos o no humanos, están hechos de singularidades que merecen ser escuchadas. En un momento histórico marcado por la sobreestimulación visual y el ruido informativo constante, la escucha se vuelve un gesto casi radical: una forma de desacelerar, de reconocer lo que habitualmente pasa desapercibido y de recordar que no estamos solos en el mundo, sino rodeados de otras formas de vida, otras voces y otros ritmos. El artista sonoro Félix Blume lo plantea con claridad: escuchar es una forma de hacer existir aquello que escuchamos, de otorgarle presencia.

Félix Blume es artista sonoro, grabador de campo e ingeniero de sonido. Reside actualmente en la campiña francesa donde creció, y ha desarrollado numerosos proyectos en México, Brasil y otros países de América Latina. Utiliza el sonido como medio principal en piezas sonoras, videos, acciones e instalaciones, a través de un proceso creativo mayoritariamente colaborativo que involucra a comunidades locales y toma los espacios públicos como contexto de experimentación.

Su práctica invita al público a conectar con lo imperceptible, incorporando una amplia gama de sonidos de distintas especies —desde el zumbido de las abejas hasta los pasos de las tortugas o el canto de los grillos— junto a diálogos humanos en entornos naturales y urbanos. Con un profundo interés en los mitos y sus interpretaciones contemporáneas, explora las narrativas que las voces transmiten más allá de las palabras.

Blume ha sido galardonado con el Premio Soundscape (2018) y con el Premio Pierre Schaeffer (2015). Su cortometraje Luces del Desierto obtuvo el Primer Premio Internacional de Cortometrajes en L’Alternativa CCCB (2021) y el Gran Premio de Videoarte en Côté Court (2021). Su obra ha sido presentada en festivales e instituciones internacionales como la Bienal de Tailandia, Manifesta, el Museo Reina Sofía, el Centre Pompidou, CTM Berlín, el Domaine de Kerguéhennec, la Berlinale Forum Expanded, IFFR Rotterdam, LOOP Barcelona, Sonic Acts, Donaufestival, Tsonami Arte Sonoro, la Fonoteca Nacional, Ex Teresa y el Laboratorio Arte Alameda, entre otros. Sus obras forman parte de las colecciones del Centre National des Arts Plastiques (Francia), la Universidad Nacional Autónoma de México, Klankenbos (Bélgica), el Musée Réattu (Francia) y el Instituto Nacional de Bellas Artes (México).

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