Artistas: Alejandro Ramírez Restrepo, Anca Benera & Arnold Estefan, Carlos Alfonso, Carolina Caycedo, Christian Salablanca, Claudia Claremi, Ernesto Restrepo Morillo, Fabio Melecio Palacios, Jorge Julián Aristizábal, Las Nietas de Nonó, Manuel Correa y Marina Otero, María Buenaventura, Maritza Sánchez, Miguel Ángel Cárdenas, Sofía Olascoaga, Tatyana Zambrano, Vivien Sansour, Yuliana Bustamante Sosa.
Comemos sol todos los días. El sol es el alimento original: luz que detona la vida, fuego que la sostiene y ceniza que la abona y redistribuye. La luz, el fuego y la ceniza se inspira en estas interpretaciones del sol como alimento, y éste último como eje estructurante de la vida en sus dimensiones espirituales, medioambientales, territoriales, más-que-humanas, culturales y políticas.
La luz solar nutre las plantas, y ellas movilizan el inmenso proceso metabólico que es la vida. La luz es energía que se vuelve materia: desde una perspectiva biológica, es el impulso que inicia la cadena alimenticia; metafóricamente, ilumina los entramados simbólicos que sustentan vínculos emocionales e identitarios con ingredientes, prácticas y recetas.
El fuego es el sol que permite cocer la comida, y a su alrededor conversamos, conspiramos y tejemos comunidad. La palabra “hogar” proviene de “hoguera”, fuego que cría y acoge: las ollas comunes dan sustento y son lugares seguros en los procesos de resistencia social y comunitaria, mientras que la producción masiva de alimentos, desde la semilla hasta la cuchara, sigue estando basada en procesos extractivos que determinan las vidas de personas y ecosistemas.
La ceniza, sol sólido que queda al apagarse la hoguera, fertiliza el suelo y enriquece la composta. Es la materia transformada que regresa a la tierra, a las profundas interdependencias entre seres y entidades más-que-humanas. Juntos somos un gran bolo que se mastica, digiere y excreta a sí mismo permanentemente, y en el comer y ser comidos por otros se develan los muchos universos de relaciones que habitamos.
Este proyecto se despliega en dos instancias que se nutren mutuamente: una expositiva, en las salas B y C, y otra viva, con una agenda pública que incluye performances y acciones dentro y fuera del museo, y que invita a agentes locales –mercados campesinos, guardianes de semillas, cocineros o huertas urbanas– para amplificar sus prácticas y propiciar espacios de intercambio y aprendizaje colectivo. Aquí, las nociones de nutrición y sustento van más allá de lo culinario y se extienden hacia otros tipos de redes que articulan territorios, economías, cuerpos y memorias.
Sea desde las montañas del valle de Aburrá, el altiplano cundiboyacense, el Caribe insular, la región española de Almería, la cocina costarricense, las praderas rumanas o los bancos de semillas en Palestina, las obras emergen de prácticas situadas que reflexionan sobre sistemas alimentarios que operan a múltiples escalas, incluyendo los procesos de degradación y transformación territorial ligados a economías de origen colonial, aún centrales en la industria alimentaria contemporánea. ¿Qué tensiones y correspondencias existen entre lo local y lo global en la producción del alimento? ¿Cómo el cambio climático, la migración y la explotación afectan desproporcionadamente la seguridad y soberanía alimentaria del llamado sur global? Migraciones, arraigo territorial, colaboraciones interespecie, así como comer y cocinar como prácticas políticas de resistencia y sostén colectivo, atraviesan e hilan esta exposición que entiende que, a través del alimento, creamos mundos.
Aliados institucionales

