Artistas: Ad Minoliti, Adriana Roldán, Álvaro Barrios, Ana Mendieta, Asicaz Monzón, Beatriz González, Carlos Motta, Carolina Caycedo, Débora Arango, Eblin Grueso, Emma Reyes, Ethel Gilmour, Germán Alonso García, Hernando Tejada, Jonathas da Andrade, Juliana Góngora, Julieth Morales, Libia Posada, Luz Ángela Lizarazo, María Cristina Cortés, María Roldán, Marta Elena Vélez, Nina Squires, Óscar Muñoz, Paloma Contreras Lomas, Pablo González, Lucy Tejada Saénz
Podemos coincidir en que las múltiples crisis contemporáneas son el resultado de jerarquías impuestas por los seres humanos, que operan tanto entre nosotros mismos como sobre otras formas de existencia, y que producen racismo, sexismo, extractivismo y diversas formas de opresión. En respuesta, diversos movimientos sociales como los feminismos situados en Latinoamérica plantean la lucha contra todas las violencias –en especial aquellas ejercidas contra el territorio–, entendiendo que no es posible la liberación de las mujeres y de otras corporalidades feminizadas sin la liberación del planeta. Desde estas luchas, el cuerpo se reconoce como el primer territorio de defensa.
El título de Nos habitan pájaros y montañas inspirado en una cita de Lygia Clark, sugiere que los cuerpos están atravesados por dimensiones naturales, simbólicas y más-que-humanas, donde coexisten múltiples seres y contradicciones. A partir del concepto de cuerpo-territorio, la muestra propone un diálogo intergeneracional entre obras de la colección del MAMM y prácticas de artistas contemporáneas de la región, entendiendo este vínculo como un espacio de identidad, memoria, reexistencia y disputa.
A lo largo de la exposición, el paisaje deviene en personaje y el territorio se transforma en cuerpo. Las obras evocan corporalidades permeables a las historias, las materialidades, las violencias y las resistencias, a lo místico, al deseo y a los afectos. Entre cordilleras, nubes, palmas, manglares y ríos, unos tótems de varias cabezas vigilan, protegen y guían el recorrido, cuidando el recuerdo de un bosque para el cual fueron creados y que hoy ha desaparecido.
En la Sala A, las obras se organizan alrededor de tres ejes conceptuales, que llevan los nombres de tres obras de Débora Arango. El primer eje, Montañas, evidencia la simbiosis entre cuerpo y paisaje, en la que las formas hegemónicas devienen en otras formas de ser. El segundo eje, Adolescencia, explora la sensualidad como acto de reexistencia y de resistencia frente a la censura. El tercer eje, Friné, denuncia las corporalidades feminizadas como territorio en disputa. Esta narrativa se expande a través de componentes pedagógicos y performativos. Durante la exposición, la Sala D estará ocupada por la Escuela Feminista de Pintura, un proyecto de Ad Minoliti que propone repensar la pintura desde una perspectiva feminista y colectiva.
En su conjunto, la exposición invita a pensar el cuerpo-territorio como un espacio permeable y en transformación que cuestiona las distancias entre la humanidad y otras formas de existencia, los dualismos jerárquicos, lo individual y lo colectivo. Desdibujar estos límites abre la posibilidad de imaginar otros modos más amables de habitar.
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